| Fotografía de María Luján Limeres, 2007 |
Vi los barcos, madre.
Vilos y no me valen.
Oigo su voz quebrada
templando las heridas y la sangre.
Los álamos se encienden
con las últimas llamas de la tarde.
Si se apaga esa voz
se hiela el aire.
Su canto amansa el grito,
hace el mundo y los sueños navegables.
Oigo su voz, los álamos, el aire.
Los oigo. Y no me valen.

10 comentarios:
Hiriente, dañino y penetrante.
Como un lamento en las paredes de Guernica.
Sublime, óleo y zumbido.
Como arte escrito en los lienzos de un Diciembre Marchito.
Por fin nueva entrada.
Que duro pensar que ni lo que deseas te consuela.
Pónganos algo irónico. Se le da bien eso, y sería un buen regalo de Reyes.
Anda, ¡anímate!, ponte algo.
He estado leyendo tus entradas antiguas. Que bonitos tus versos y ¡qué divertido fue hacer de naufraga! Creo que volveré a naufragar por aquí.
Por cierto, ¿puedo colgar en mi blog algunas poesías tuyas que me gustan mucho?
Aunque hace frío, comienzo a sentir distinto el trino de los pájaros. ¿Llegará el dehielo?
Toc, toc, toc. ¿Hay alguien ahí?
Alegría reencontrarte, Ramón!
Magnífico poema, muchas gracias!
Preciosos versos para no menos preciosa foto!
Cuando una voz ya no te vale deja de escucharla, hay tan bellas palabras buscando oidos.
Publicar un comentario en la entrada