domingo 12 de abril de 2009

Bienaventurados

DEVOCIONES





Bienaventurado el campus universitario, de pronto invadido por jóvenes estudiantes que toman el sol sobre la hierba. Las mochilas y los libros descansan en el suelo con una alegría terrenal, y junto a los diccionarios de latín o las ediciones filológicas del Libro de Buen Amor pasa una hilera de hormigas en busca de un adjetivo que llevarse a la boca. Bienaventuradas las primeras palabras de amor, esas que empiezan con una risa o un murmullo, y buscan un oído, y se entretienen jugando con un pendiente en los labios. Bienaventurados los árboles que se han olvidado del frío y levantan contra el cielo un arañazo verde de vida, un deseo de abrir las ramas en el horizonte como un tenor extiende sus brazos cuando da el do de pecho. Bienaventurado el reloj que da las doce de la mañana, y deja que el sol caiga sobre la ciudad como una bendición del mes de marzo, contagiando una vibrante inquietud humana en los escaparates de las tiendas, en las escaleras mecánicas, en las puertas giratorias de los bancos, en el oficinista que entona los buenos días con una pronunciación menos rutinaria. Bienaventurados los coches que pasan por las calles como peces de colores, y se agrupan en los atascos como una bandada de pájaros y luego se disuelven en el viento como una estampida, dejando que por las ventanillas abiertas se escapen la música y las conversaciones. Bienaventurados los campos de las carreteras, los puentes de las carreteras, las montañas y los valles que parecen estar levantándose, frotándose los ojos, abriendo sus pupilas y sus vegetaciones.

El invierno ha sido duro. Bienaventurado el frío que se va, y las nieves que se queman al sol, y las estufas que se duermen en las sombras de la casa hasta el año que viene. Bienaventurados los libros que se escapan de las bibliotecas, y las gentes que salen del trabajo, y la luz que envuelve en papel de regalo los pasos de peatones y las terrazas de los bares. Bienaventuradas las plazas de Andalucía que se llenan de parejas de turistas, y de cuerpos ligeros de ropa, y de brazos desnudos, y de cabelleras impertinentes, y de piernas largas y rotundas. Bienaventuradas las puertas de los colegios, porque las madres se han quitado los abrigos, y son otra cosa, todos somos otra cosa, dispuestos a demostrar que la madurez también conoce sus secretos y esgrime sus armas convincentes. Bienaventurado el primer trago de cerveza, el dulce escalofrío amargo que nos convierte la boca en espuma y el corazón en el junco flexible que se baña en la curva de un río. Bienaventuradas las curvas, bienaventurados los rincones del jardín, las muchachas con perro, los besos callejeros, los mirones, las estatuas que dejan su pedestal para beber en la fuente, los atardeceres, el sol que no se va del todo porque se queda debajo de la piel, el alumbrado público, las ventanas encendidas en el décimo piso, los espejos dispuestos a no perder detalle, el insomnio de los adolescentes, las vueltas en la cama. Bienaventurada la ropa interior y la luna en el cielo. Y que la vida perdone, porque no saben lo que hacen, a todos los andaluces que se van a pasar la semana detrás de un tambor y de un crucificado, feligreses de la humillación, cantores de la muerte, súbditos del dolor, de los obispos y de las coronas de espinas.
LUIS GARCÍA MONTERO, El País, 20/03/2005

martes 3 de febrero de 2009

Sursum corda

Y DALE ALEGRÍA A MI CORAZÓN

Os dejo un magnífico poema de Pablo Neruda y una canción de Fito Páez. Pues eso: arriba los corazones. Salud.


TU RISA

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.


PABLO NERUDA, Los versos del Capitán

jueves 22 de enero de 2009

Alma de cántaro


AMANECE, QUE NO ES POCO




Muy pocas películas me han hecho reír tanto como Amanece, que no es poco de José Luis Cuerda. Yo también formo parte de ese grupo, cada vez más numeroso, de seguidores que se han aprendido de memoria la mayor parte de sus diálogos. Creo que, al contrario de lo que sucede con muchas películas españolas, el tiempo no pasa sobre Amanece, que no es poco. Cuerda intentó rizar el rizo y cerrar la trilogía iniciada con Total en Así en el cielo como en la tierra, que me parece más floja y menos ingeniosa. Aunque se dice que el humor de esta película recuerda al de los Monty Python; pienso que el humor disparatado, surrealista y absurdo, los juegos de palabras, los dobles y triples sentidos y la genialidad de Amanece, que no es poco, entroncan con una manera de ver el mundo muy de aquí. Recuerdo, por citar algunos ejemplos, el Don Mendo de Muñoz Seca, Buñuel, Gila, Tono, Jorge Llopis y su Rebelión de las musas, Berlanga, muchas de las desternillantes historias del Pericón de Cádiz recogidas por Ortiz Nuevo, Luis Sánchez Pollack Tip (Santo varón), Faemino y Cansado o la pandilla de Joaquín Reyes (La Hora Chanante y Muchachada Nui).


La película fue rodada en las localidades albaceteñas de Ayna, Liétor, Férez y Molinicos y estrenada en 1988. El año pasado se celebraron sus veinte años con una exposición (http://www.amanecequenoespoco.com/) y yo os ruego que la veáis al menos dos veces al año y en buena compañía, cuando las cosas se pongan demasiado serias o si corréis peligro de morir aplastados por la realidad.


Os dejo dos escenas de esta obra maestra. Salud.







martes 6 de enero de 2009

Coto de Gaza

SOBRE ESTA TIERRA

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los titubeos de abril, el olor del pan al amanecer, el amuleto que una mujer le da a un hombre, las obras de Esquilo, los comienzos del amor, la hierba sobre una piedra, madres en vilo por el hilo de una flauta, y el miedo de los invasores a los recuerdos.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos días de septiembre, una mujer que sale de los cuarenta como melocotón maduro, la hora del sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: sobre esta tierra señora de la tierra, madre de los inicios y madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina. Mi señora: yo tengo, porque tú eres mi señora, tengo por qué vivir.

MAHMUD DARWIX (1941-2008)

sábado 3 de enero de 2009

Eros y civilización

JAVIER KRAHE




Comencemos el año con una canción y una sonrisa. Que el 2009 llegue nuevo de verdad. Que, mientras tanto, logre mi canto, dale que dale, enternecerte, que al fin mi suerte no te resbale y digas: vale.

Y atiendas mis pregones,
anda, mujer,
Dama de corazones,
Venus del Gran Poder.

Salud y disfrutad del maestro Javier Krahe.

viernes 26 de diciembre de 2008

I want to hold your hand

HAPPY NEW YEAR



Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo el mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.



JULIO CORTÁZAR, Salvo el crepúsculo

domingo 21 de diciembre de 2008

Lecciones de cosas VI

EL MITO DE SÍSIFO




Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.


Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor.


Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron de nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca.


Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura.


Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.


Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio.


Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desmesurada: «A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.


No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. «¿Cómo? ¿Por caminos tan estrechos...?». Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. «Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su casa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.


Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre.


Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

ALBERT CAMUS, El mito de Sísifo