Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte
Charles Bukowski

jueves, 16 de diciembre de 2010

Maestro

SIEMPRE DE VANGUARDIA



Cuánto nos abrigó su voz, la pena que, con una mano extendida, dejaba salir a raudales de su pecho. Con mucho esfuerzo, mucho trabajo y una genialidad que descolocaba a cualquier flamencólico, Enrique Morente ha dejado una inmensa enciclopedia cuyo valor aún no podemos apreciar. El respeto que siempre mostró con sus maestros y el cante y una infinita curiosidad, han hecho que Enrique Morente diese un salto mortal en cada disco y se jugase la vida cada vez que subía a un escenario. Fue un enorme cantaor, pero fue mucho más. Con Omega abrió a machetazos un camino por el que sólo ha transitado él, incorporó al flamenco lo mejor de la poesía española y abrazó el rock, el tango o el jazz con una aparente facilidad que resultaba solemne y la seriedad de quien sabe que en el flamenco no caben las tonterías. Fue su crítico más feroz y esa capacidad impidió que se engañase o engañase a su público.

La humanidad y generosidad de Enrique Morente son conocidas por todos. Una de las veces que lo acompañé a tomar la “espuelilla”, después de La Tertulia y camino del Sacromonte, me hablaba ilusionado de su “Triología” y de los “Fandangos de la República” de Manuel Vallejo. Acabamos tarde y, al despedirnos, dijo con su tierna ironía: “yo no salgo todas las noches por gusto, salgo buscando  una guitarra”.

Aunque es de noche, en medio de la desolación, nos queda su voz, siempre en vanguardia, vigilando los sonidos del futuro. Y aprender a vivir sin dioses tan humanos. 

Maestro, gracias y hasta siempre.